miércoles, 6 de marzo de 2013

APAGA LA LLAMA

Un amigo cercano me dijo algo en el teléfono que me tomó por sorpresa. Sentí
que fue mordaz y me molestó profundamente. No le colgué, pero corté la
conversación y él se dio cuenta que realmente me había provocado.

Esa conversación encendió un fuego bajo mi piel. Estaba perturbado, herido y
agitado. La ira, la indignación y el dolor empezaron a inundarme y, en poco
tiempo, empecé a sentirme molesto al respecto.

Comencé a caminar de un lado a otro en mi estudio, tratando de orar, pero
estaba tan molesto y preocupado que apenas podía concentrarme en el Señor.
Oré: “Dios, mi amigo me menospreció y no había razón para ello. Tenía
que haber sido el diablo tratando de provocarme. ¡No tengo que escuchar
eso!”

Permití que estos pensamientos se cocieran a fuego lento durante una hora
aproximadamente. Entonces, finalmente, llegué a un punto de ebullición y
exclamé: ¡"Señor, realmente estoy hirviendo en esto!"

Fue entonces cuando oí ese silbo apacible y delicado de Dios, diciendo:
“David, apaga esa llama ahora mismo. Estás hirviendo en tus propios jugos de
dolor, ira y odio porque has sido herido profundamente. Pero lo que estás
haciendo es peligroso, no te atrevas a seguir haciéndolo”.

Hace mucho tiempo que aprendí que cuando el Espíritu Santo habla, hay que
prestar atención. Me arrepentí de inmediato y pedí Su perdón. Después me
senté y me puse a pensar: “¿Qué fue lo que me provocó tanto? Y ¿Por qué
estuve hirviendo de ira por dentro? No puedo permanecer enojado con este amigo.
Hemos sido amigos cercanos durante mucho tiempo y sé que lo voy a perdonar.
Entonces, ¿Por qué estoy tan disgustado?”



De repente, me di cuenta: Estaba hirviendo de ira por dentro, no como resultado
de esa conversación hiriente, sino que estaba enojado porque me había
permitido ser provocado fácilmente otra vez. Yo estaba preocupado y molesto
conmigo mismo porque de nuevo había caído rápidamente en un viejo hábito
que yo pensaba que había vencido.



La forma más rápida de "apagar la llama" es confiar en el perdón de Cristo.
Él está dispuesto a perdonar en todo tiempo. “Porque tú, Señor, eres
bueno y perdonador, y grande en misericordia para con todos los que te
invocan” (Salmo 86:5).

DAVID WILKERSON

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