Si tú no tratas con tus dudas, serás entregado a un espíritu de murmuración
y queja. Vivirás y morirás de esa manera. Tus dudas no pueden simplemente ser
suprimidas, deben ser arrancadas de raíz.
Mira a Israel, tan sólo tres días después de su liberación de Egipto.
Habían estado cantando, tocando sus panderetas y testificando del poder y la
fuerza de un Dios poderoso, gloriándose de que Él los guiaba y protegía.
Entonces llegaron a Mara, que significa: “aguas amargas”. Éste habría de
ser el lugar de prueba para ellos.
Simplemente, Dios permite crisis sobre crisis, hasta que finalmente aprendamos
la lección. Si no resistimos a aprenderla, llega el momento en el que Él nos
entrega a nuestra amargura y murmuración. "…y anduvieron tres días por el
desierto sin hallar agua...entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo:
¿Qué hemos de beber?" (Éxodo 15:22, 24).
El domingo, los israelitas lo estaban pasando muy bien, cantando, danzando y
alabando. Luego llegó el miércoles y tuvieron problemas; otra crisis y…
¡se estaban desmoronando!
¿Cómo puede un pueblo perder su confianza tan rápidamente? La respuesta es
que nunca la tuvo, es decir, nunca tuvieron ese fundamento puesto debajo de
ellos. Así que, otra vez, fallaron la prueba. No aprendieron absolutamente de
sus crisis pasadas y otra vez perdieron una oportunidad de resplandecer en la
grandeza de Su Dios.
Desde aquel día en adelante, Israel se quedó muy lejos de aprender algo de
Dios. Incluso comenzaron a tomar Su bondad por sentada. No tenían comida, así
que Él les envió maná del cielo. Envió codornices del cielo, apiladas un
metro afuera del campamento. ¡Pero no se oyó ni una sola palabra de
agradecimiento! En lugar de ello, el pueblo se tornó a la codicia, acaparando
lo que Dios les proveía. ¡Israel se volvió dura de cerviz!
¡Oh, qué vergüenza es pasar crisis tras crisis y no aprender nada en el
proceso! Trae consigo la maldición que serás entregado a un espíritu de
murmuración.
DAVID WILKERSON
viernes, 24 de mayo de 2013
jueves, 23 de mayo de 2013
COSAS MAS GRANDES ESTÁN POR VENIR
Dios quiere hacer grandes cosas a través de nosotros. Quiere expresar Su amor
al mundo a través de nosotros. Así que si estamos aferrándonos a una cosa
que se interponga en el camino de lo que Él quiere lograr -alguna
obstinación, alguna negativa de confiar en Él para todo- Él nos lo
señala.
A veces Dios quiere que agreguemos algo a nuestras vidas antes de que Él
traiga lo mejor. Esto puede implicar algo que no hemos hecho, por lo que Él
quiere que nos preguntemos: “¿He tardado en responder a algo que Dios me ha
pedido que haga?”
Encontramos un ejemplo de esto en Hechos, cuando los discípulos agregaron un
nuevo miembro para reemplazar a Judas. Mientras estaban en el aposento alto,
echaron suertes y escogieron a Matías. Parecía una cosa tan pequeña. Estos
mismos hombres habían visto a Jesús obrar milagros, abrir los ojos de los
ciegos, echar fuera demonios, incluso levantar a un hombre de entre los
muertos. Habían visto el avance del reino de Dios en la tierra como nunca
antes en la historia. Y cuando Cristo ascendió al cielo, les dio esta
increíble palabra: “Ustedes van a hacer aún mayores obras, una vez que les
envíe mi Espíritu. Él les dará el poder. Las cosas más grandes están por
venir”(vea Hechos 1:1-8).
De hecho, estos mismos discípulos irían más allá de Israel y el Medio
Oriente, Europa, India y África, predicando las buenas nuevas de Cristo a las
naciones, todo en su generación. ¿Cuál era la importancia de agregar otro
discípulo? Ellos lo hicieron por una simple razón: Pedro sintió que era algo
que Dios quería que hicieran.
“En aquellos días Pedro se levantó en medio de los hermanos…y dijo:
‘Varones hermanos, era necesario que se cumpliese la Escritura que el
Espíritu Santo habló antes por boca de David acerca de Judas. . . y era
contado con nosotros, y tenía parte en este ministerio’”(Hechos 1:15-17).
Pedro se refirió al Salmo 109:8: “Tome otro su oficio”.
Aquí hay una gran lección para la iglesia de Cristo de hoy en día. Esto es,
nunca ignores un conflicto inquietante del corazón, no importa cuán pequeño
sea. Dios pone su dedo sobre estos asuntos por una razón: para revelar la
respuesta de nuestro corazón a Él. ¡Las cosas más grandes están por venir!
GARY WILKERSON
miércoles, 22 de mayo de 2013
ESPERANDO EN ÉL
El mandato del profeta Samuel al Rey Saúl fue: “…bajarás delante de mí a
Gilgal… hasta que yo venga a ti y te enseñe lo que has de hacer” (ver 1
Samuel 10:8). ¡La única responsabilidad de Saúl era esperar! Dios quería
oír a Saúl decir: “Dios guarda Su palabra, nunca ha caído a tierra ni una
sola palabra de la boca de Samuel. Dios dijo que debo esperar instrucciones y
esperaré”.
Pero el orgullo opina: “No creo que Dios lo haya dicho en serio. Quizás oí
mal”. En lugar de afirmarnos en la Palabra de Dios, comenzamos tratando de
descifrar las cosas a nuestra manera. Sobre nuestras camas, de madrugada,
decimos: “Señor, así es como veo que esto pueda hacerse”. Es pecado hacer
algo lógico y razonable cuando esto no es una palabra clara de dirección de
Dios. Si quieres demostrarle algo a Dios, demuestra que esperarás
pacientemente a que Él actúe.
“Entonces Samuel dijo: ¿Qué has hecho? Y Saúl respondió: Porque vi que el
pueblo se me desertaba, y que tú no venías dentro del plazo señalado, y que
los filisteos estaban reunidos en Micmas, me dije: Ahora descenderán los
filisteos contra mí a Gilgal, y yo no he implorado el favor de Jehová. Me
esforcé, pues, y ofrecí holocausto. Entonces Samuel dijo a Saúl: Locamente
has hecho…ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón
conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe
sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó” (1
Samuel 13:11-14).
Saúl esperó siete días, pero esa espera era inmunda. Él estaba impaciente,
molesto, temeroso y caprichoso. Debemos esperar con fe, creyendo que Dios se
ocupa de nosotros y nos ama, que Él estará ahí en Su tiempo. Este tema de
esperar es tan importante que debemos ver unas Escrituras para demostrarlo.
“Y se dirá en aquel día: He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos
esperado, y nos salvará; éste es Jehová a quien hemos esperado, nos
gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (Isaías 25:9).
“Ni nunca oyeron, ni oídos percibieron, ni ojo ha visto a Dios fuera de ti,
que hiciese por el que en él espera” (Isaías 64:4).
DAVID WILKERSON
Gilgal… hasta que yo venga a ti y te enseñe lo que has de hacer” (ver 1
Samuel 10:8). ¡La única responsabilidad de Saúl era esperar! Dios quería
oír a Saúl decir: “Dios guarda Su palabra, nunca ha caído a tierra ni una
sola palabra de la boca de Samuel. Dios dijo que debo esperar instrucciones y
esperaré”.
Pero el orgullo opina: “No creo que Dios lo haya dicho en serio. Quizás oí
mal”. En lugar de afirmarnos en la Palabra de Dios, comenzamos tratando de
descifrar las cosas a nuestra manera. Sobre nuestras camas, de madrugada,
decimos: “Señor, así es como veo que esto pueda hacerse”. Es pecado hacer
algo lógico y razonable cuando esto no es una palabra clara de dirección de
Dios. Si quieres demostrarle algo a Dios, demuestra que esperarás
pacientemente a que Él actúe.
“Entonces Samuel dijo: ¿Qué has hecho? Y Saúl respondió: Porque vi que el
pueblo se me desertaba, y que tú no venías dentro del plazo señalado, y que
los filisteos estaban reunidos en Micmas, me dije: Ahora descenderán los
filisteos contra mí a Gilgal, y yo no he implorado el favor de Jehová. Me
esforcé, pues, y ofrecí holocausto. Entonces Samuel dijo a Saúl: Locamente
has hecho…ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón
conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe
sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó” (1
Samuel 13:11-14).
Saúl esperó siete días, pero esa espera era inmunda. Él estaba impaciente,
molesto, temeroso y caprichoso. Debemos esperar con fe, creyendo que Dios se
ocupa de nosotros y nos ama, que Él estará ahí en Su tiempo. Este tema de
esperar es tan importante que debemos ver unas Escrituras para demostrarlo.
“Y se dirá en aquel día: He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos
esperado, y nos salvará; éste es Jehová a quien hemos esperado, nos
gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (Isaías 25:9).
“Ni nunca oyeron, ni oídos percibieron, ni ojo ha visto a Dios fuera de ti,
que hiciese por el que en él espera” (Isaías 64:4).
DAVID WILKERSON
lunes, 20 de mayo de 2013
MUÉSTRANOS TU GLORIA
Pedro y Juan estaban caminando hacia el templo cuando se encontraron con un
mendigo cojo. Al oír sus ruegos pidiendo limosna, Pedro respondió: “No
tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de
Nazaret, levántate y anda.” (Hechos 3:6).
¡El mendigo fue sanado instantáneamente! Fue un milagro que tuvo un efecto
impactante: “Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido
sanado, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama
de Salomón” (3:11). Acá también vemos otra asombrosa escena de la
manifestación de la gloria de Dios.
El cojo que había sido sanado “se asió” de Pedro y de Juan. Ésta es la
figura de alguien sujetándose por su propia vida, agarrado sin ninguna
vergüenza. Es como si este hombre dijera: “¡La presencia de Dios es real!
He estado sentado en este lugar durante años, rogando que me ayuden, pero
nunca he experimentado algo como esto. ¡Él ha movido mi alma más que
cualquier cosa que haya conocido!
Dios ama un corazón que se prenda de Él, le busque y clame: “Señor, tu
gloria es demasiado grande para dejarla pasar. Me agarro de la esperanza que me
has dado; una esperanza de sanidad, de transformación, de Tu presencia en mi
vida y en mi mundo.”
“Todo el pueblo” vino a ver lo que había sucedido (3:11). Cuando Dios
revela Su Gloria en poder, la respuesta no pasará desapercibida. La grandeza
de Su poder requiere la atención de todos alrededor.
Supongamos que la sanidad milagrosa de este mendigo haya acontecido en la
iglesia donde pastoreo. No podríamos comprar suficientes sillas para recibir a
las multitudes que vendrían. No me estoy refiriendo sólo a curiosos que aman
el espectáculo. Todos anhelamos que Dios toque nuestras vidas. Tanto los
creyentes como los inconversos tienen dolor en este momento, divagan como
ovejas sin pastor, con hambre de algo real. Así que, cuando la gloria de Dios
se manifiesta, trayendo novedad de vida, ésta atrae la atención de todos, no
sólo de unos cuantos.
“Todo el pueblo [estaba] atónito” (3:11). Cuando el pueblo vio que el
mendigo fue sanado, se maravilló: “Nada de lo que conocemos se compara a
eso. ¡De cierto Dios está en este lugar!”
Déjame preguntar: ¿Quieres que tu vida esté más sumergida en Dios?
¿Quieres que Su gloria venga a tu casa, tu matrimonio, la vida de tus hijos y
transforme las cosas de modo que todos queden atónitos? Adivina, ¡esto es lo
que Dios quiere! Él quiere que tú quedes atónito por Su gloria y seas
transformado por ella. Y Él quiere que el mundo que te rodea se sorprenda
mientras Su poder glorioso trae nueva vida a aquellas situaciones en las que
siempre hubo derrota.
GARY WILKERSON
mendigo cojo. Al oír sus ruegos pidiendo limosna, Pedro respondió: “No
tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de
Nazaret, levántate y anda.” (Hechos 3:6).
¡El mendigo fue sanado instantáneamente! Fue un milagro que tuvo un efecto
impactante: “Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido
sanado, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama
de Salomón” (3:11). Acá también vemos otra asombrosa escena de la
manifestación de la gloria de Dios.
El cojo que había sido sanado “se asió” de Pedro y de Juan. Ésta es la
figura de alguien sujetándose por su propia vida, agarrado sin ninguna
vergüenza. Es como si este hombre dijera: “¡La presencia de Dios es real!
He estado sentado en este lugar durante años, rogando que me ayuden, pero
nunca he experimentado algo como esto. ¡Él ha movido mi alma más que
cualquier cosa que haya conocido!
Dios ama un corazón que se prenda de Él, le busque y clame: “Señor, tu
gloria es demasiado grande para dejarla pasar. Me agarro de la esperanza que me
has dado; una esperanza de sanidad, de transformación, de Tu presencia en mi
vida y en mi mundo.”
“Todo el pueblo” vino a ver lo que había sucedido (3:11). Cuando Dios
revela Su Gloria en poder, la respuesta no pasará desapercibida. La grandeza
de Su poder requiere la atención de todos alrededor.
Supongamos que la sanidad milagrosa de este mendigo haya acontecido en la
iglesia donde pastoreo. No podríamos comprar suficientes sillas para recibir a
las multitudes que vendrían. No me estoy refiriendo sólo a curiosos que aman
el espectáculo. Todos anhelamos que Dios toque nuestras vidas. Tanto los
creyentes como los inconversos tienen dolor en este momento, divagan como
ovejas sin pastor, con hambre de algo real. Así que, cuando la gloria de Dios
se manifiesta, trayendo novedad de vida, ésta atrae la atención de todos, no
sólo de unos cuantos.
“Todo el pueblo [estaba] atónito” (3:11). Cuando el pueblo vio que el
mendigo fue sanado, se maravilló: “Nada de lo que conocemos se compara a
eso. ¡De cierto Dios está en este lugar!”
Déjame preguntar: ¿Quieres que tu vida esté más sumergida en Dios?
¿Quieres que Su gloria venga a tu casa, tu matrimonio, la vida de tus hijos y
transforme las cosas de modo que todos queden atónitos? Adivina, ¡esto es lo
que Dios quiere! Él quiere que tú quedes atónito por Su gloria y seas
transformado por ella. Y Él quiere que el mundo que te rodea se sorprenda
mientras Su poder glorioso trae nueva vida a aquellas situaciones en las que
siempre hubo derrota.
GARY WILKERSON
viernes, 17 de mayo de 2013
EL HIMNO DE VICTORIA
¡Los hijos de Israel estaban en una situación imposible!
El Mar Rojo estaba delante de ellos, las montañas a su izquierda y su derecha,
y Faraón con sus carros de hierro se acercaban por detrás. El pueblo de Dios
parecía desamparadamente atrapado, como presa fácil esperando ser cazada. Sin
embargo, lo creas o no, Dios deliberadamente los había conducido a este lugar
precario.
Había pánico en el campamento de Israel. Los hombres temblaban de miedo, y
las mujeres y los niños lloraban mientras se agrupaban alrededor de los
abuelos y otros parientes. De repente, Moisés fue rodeado por airados jefes de
familia que gritaban: “¡Sin duda este es el fin! ¿No había suficientes
sepulcros en Egipto para enterrarnos allí? ¿Tenias que sacarnos hasta aquí
para morir? Te dijimos en Egipto que nos dejes tranquilos. ¡Era mejor ser
esclavos allí que morir en este miserable desierto! “ (Ver Éxodo 14:10-12)
Me pregunto si incluso Moisés tuvo un momento de turbación acerca de sus
circunstancias. Sin embargo, cuando este hombre de Dios clamó, el Señor
parece haberle reprendido: “¿Por qué clamas a mí?” (Éxodo 14:15).
¡Nadie en Israel podía imaginarse la gran liberación que Dios iba a traer!
De repente los vientos separaron el mar, y las personas caminaron en medio de
las olas divididas en tierra seca. Cuando faraón y su poderoso ejército
trataron de seguirlos, las aguas comenzaron a embravecer otra vez, rodeándolos
y ahogando a todos!
Qué espectáculo debe haber sido cuando el pueblo de Dios se dio vuelta a
mirar desde el otro lado y vio a su poderoso enemigo destruido como soldaditos
de plomo. Entonces, una canción se elevó en el campamento cuando se dieron
cuenta, una vez más, que Dios los había librado de circunstancias imposibles.
La Escritura registra su reacción y la canción que cantaron:
"Entonces cantó Moisés y los hijos de Israel este cántico a Jehová, y
dijeron: Cantaré yo a Jehová, porque se ha magnificado grandemente; Ha echado
en el mar al caballo y al jinete. Jehová es mi fortaleza y mi cántico, Y ha
sido mi salvación. Este es mi Dios, y lo alabaré; Dios de mi padre, y lo
enalteceré." (Éxodo 15:1-2).
DAVID WIKERSON
El Mar Rojo estaba delante de ellos, las montañas a su izquierda y su derecha,
y Faraón con sus carros de hierro se acercaban por detrás. El pueblo de Dios
parecía desamparadamente atrapado, como presa fácil esperando ser cazada. Sin
embargo, lo creas o no, Dios deliberadamente los había conducido a este lugar
precario.
Había pánico en el campamento de Israel. Los hombres temblaban de miedo, y
las mujeres y los niños lloraban mientras se agrupaban alrededor de los
abuelos y otros parientes. De repente, Moisés fue rodeado por airados jefes de
familia que gritaban: “¡Sin duda este es el fin! ¿No había suficientes
sepulcros en Egipto para enterrarnos allí? ¿Tenias que sacarnos hasta aquí
para morir? Te dijimos en Egipto que nos dejes tranquilos. ¡Era mejor ser
esclavos allí que morir en este miserable desierto! “ (Ver Éxodo 14:10-12)
Me pregunto si incluso Moisés tuvo un momento de turbación acerca de sus
circunstancias. Sin embargo, cuando este hombre de Dios clamó, el Señor
parece haberle reprendido: “¿Por qué clamas a mí?” (Éxodo 14:15).
¡Nadie en Israel podía imaginarse la gran liberación que Dios iba a traer!
De repente los vientos separaron el mar, y las personas caminaron en medio de
las olas divididas en tierra seca. Cuando faraón y su poderoso ejército
trataron de seguirlos, las aguas comenzaron a embravecer otra vez, rodeándolos
y ahogando a todos!
Qué espectáculo debe haber sido cuando el pueblo de Dios se dio vuelta a
mirar desde el otro lado y vio a su poderoso enemigo destruido como soldaditos
de plomo. Entonces, una canción se elevó en el campamento cuando se dieron
cuenta, una vez más, que Dios los había librado de circunstancias imposibles.
La Escritura registra su reacción y la canción que cantaron:
"Entonces cantó Moisés y los hijos de Israel este cántico a Jehová, y
dijeron: Cantaré yo a Jehová, porque se ha magnificado grandemente; Ha echado
en el mar al caballo y al jinete. Jehová es mi fortaleza y mi cántico, Y ha
sido mi salvación. Este es mi Dios, y lo alabaré; Dios de mi padre, y lo
enalteceré." (Éxodo 15:1-2).
DAVID WIKERSON
jueves, 16 de mayo de 2013
DETENTE Y ESCUCHA
Me pregunto si el Señor se llega a cansar de que sus hijos vengan a Su
presencia pero ni una sola vez se detengan para escuchar. Nada es más vacío
y vano que una comunicación unidireccional. Intenta escuchar a alguien unas
cuantas horas sin poder tú decir una sola palabra. Te quedas con un
sentimiento de soledad. La persona que “descargó todo su interior” se
aleja sintiéndose mejor, pero el pobre oidor queda vacío.
¿Cuántas veces hemos dejado al Señor en el lugar secreto, solo y vacío?
Corremos a Su presencia, exclamando: “¡Te alabo, Jesús!¡Te amo, Jesús!
Toma, aquí tienes mi lista de compras y mis tarjetas de sanidad. Amén”.
¿Cuántas veces habrá estado Él dispuesto y ansioso de abrir su propio
corazón para hablarnos, cuando de pronto, ya no había nadie?
Si oramos durante una hora, hablamos durante una hora. Si oramos durante varias
horas, hablamos durante varias horas. Si oramos toda la noche, hablamos toda la
noche; millones de voces hablando y alabando. He dedicado toda una vida de
predicación, tratando de hacer que la gente ore. Ahora entiendo que ése no ha
sido el problema. El verdadero problema ha sido dejar solo, vacío, al Salvador
en el lugar secreto de oración, sin haber podido decirnos una sola palabra.
Dejamos ese lugar de oración habiendo descargado nuestros corazones. Le
contamos de nuestras esperanzas, nuestros sueños y nuestros deseos. Dejamos
ese lugar santo de oración con una mente satisfecha. Sin embargo, nuestro
Señor seguía ahí, esperando con gran anticipación, anhelando compartir en
dicha comunión. Creo que nuestro Señor dice: “Sí, sí, gracias por tu
alabanza. La acepto. Estoy tan contento de que te hayas tomado el tiempo de
encerrarte conmigo. He oído tu petición y el Padre te concederá el deseo de
tu corazón. Pero por favor, ¡espera! No te vayas justo ahora. Quiero
compartir contigo algunas cosas. Mi corazón anhela descargarse contigo. He
guardado tus lágrimas. He calmado tu mente atribulada. Ahora, ¡déjame
hablar! Déjame decirte lo que está en Mi corazón”.
Nuestro Señor Jesús quiere hablar. Él quiere hablarnos de lo que está
quebrantando Su corazón en nuestra generación. Él quiere hablar a cada uno
de sus hijos acerca del plan precioso que Él tiene para todos los que en Él
confían y revelarles verdades gloriosas. Él quiere darnos instrucción para
nosotros y ayuda para criar a nuestros hijos; soluciones para nuestros
problemas; nuevos ministerios y campañas de evangelismo que salvarán a los
perdidos; palabras específicas concerniente a trabajos, carreras, casas,
compañeros en la vida; verdades acerca del cielo, del infierno y de las
calamidades venideras. Principalmente, Él quiere hablarnos acerca de cuánto
Él ama y cuida a los suyos.
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la
puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).
DAVID WILKERSON
presencia pero ni una sola vez se detengan para escuchar. Nada es más vacío
y vano que una comunicación unidireccional. Intenta escuchar a alguien unas
cuantas horas sin poder tú decir una sola palabra. Te quedas con un
sentimiento de soledad. La persona que “descargó todo su interior” se
aleja sintiéndose mejor, pero el pobre oidor queda vacío.
¿Cuántas veces hemos dejado al Señor en el lugar secreto, solo y vacío?
Corremos a Su presencia, exclamando: “¡Te alabo, Jesús!¡Te amo, Jesús!
Toma, aquí tienes mi lista de compras y mis tarjetas de sanidad. Amén”.
¿Cuántas veces habrá estado Él dispuesto y ansioso de abrir su propio
corazón para hablarnos, cuando de pronto, ya no había nadie?
Si oramos durante una hora, hablamos durante una hora. Si oramos durante varias
horas, hablamos durante varias horas. Si oramos toda la noche, hablamos toda la
noche; millones de voces hablando y alabando. He dedicado toda una vida de
predicación, tratando de hacer que la gente ore. Ahora entiendo que ése no ha
sido el problema. El verdadero problema ha sido dejar solo, vacío, al Salvador
en el lugar secreto de oración, sin haber podido decirnos una sola palabra.
Dejamos ese lugar de oración habiendo descargado nuestros corazones. Le
contamos de nuestras esperanzas, nuestros sueños y nuestros deseos. Dejamos
ese lugar santo de oración con una mente satisfecha. Sin embargo, nuestro
Señor seguía ahí, esperando con gran anticipación, anhelando compartir en
dicha comunión. Creo que nuestro Señor dice: “Sí, sí, gracias por tu
alabanza. La acepto. Estoy tan contento de que te hayas tomado el tiempo de
encerrarte conmigo. He oído tu petición y el Padre te concederá el deseo de
tu corazón. Pero por favor, ¡espera! No te vayas justo ahora. Quiero
compartir contigo algunas cosas. Mi corazón anhela descargarse contigo. He
guardado tus lágrimas. He calmado tu mente atribulada. Ahora, ¡déjame
hablar! Déjame decirte lo que está en Mi corazón”.
Nuestro Señor Jesús quiere hablar. Él quiere hablarnos de lo que está
quebrantando Su corazón en nuestra generación. Él quiere hablar a cada uno
de sus hijos acerca del plan precioso que Él tiene para todos los que en Él
confían y revelarles verdades gloriosas. Él quiere darnos instrucción para
nosotros y ayuda para criar a nuestros hijos; soluciones para nuestros
problemas; nuevos ministerios y campañas de evangelismo que salvarán a los
perdidos; palabras específicas concerniente a trabajos, carreras, casas,
compañeros en la vida; verdades acerca del cielo, del infierno y de las
calamidades venideras. Principalmente, Él quiere hablarnos acerca de cuánto
Él ama y cuida a los suyos.
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la
puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).
DAVID WILKERSON
lunes, 13 de mayo de 2013
UNA PERSONA DE DOBLE ÁNIMO
Una persona de doble ánimo, alguien que cree que el poder está repartido
equitativamente entre Dios y Satanás, es inestable en todos sus caminos. Esto
explica por qué “…en el tiempo de la prueba (algunos) se apartan” (Lucas
8:13). Vuelven a caer en el temor y quitan su mirada del asombroso poder de
Dios.
Jesús nos enseñó, diciendo: “Velad y orad, para que no entréis en
tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es
débil” (Mateo 26:41). El espíritu de Dios en ti anhela enseñarte a confiar
en Su poder, pero la carne busca rendirse al temor. Yo creo que fue el temor y
no el cansancio lo que hizo que los discípulos se quedaran dormidos mientras
Jesús oraba en el huerto. Ellos acababan de recibir las noticias de que Jesús
sería traicionado y entregado en manos de pecadores, Pedro se volvería un
traidor y ellos serían perseguido y dispersados. De pronto, olvidaron todos
Sus milagros, Su gran poder para sanar a los enfermos y levantar a los muertos,
Su poder para multiplicar los panes y los peces. Ellos tenían pavor de que el
Señor los abandone. Dormían el sueño de los condenados. Cuando Jesús nos
pide que oremos para no caer en tentación, en realidad, Él está diciendo:
“Oren para que aprendan a confiar en el poder de Dios ahora, ¡en lugar de
tener que regresar a la batalla de la tentación vez tras vez, hasta que hayan
aprendido la lección.
La Biblia dice que Dios “… sabe el Señor librar de tentación a los
piadosos” (2 Pedro 2:9). ¿Cómo? Poniéndonos en el fuego, hasta que
salgamos cantando: “…mayor es el que está en [mí], que el que está en el
mundo” (1 Jn 4:4). Hasta que aprendamos que ¡vencemos sólo por fe!
No tienes que ceder ente la tentación, ¡aunque a veces sucede! Aun el más
santo en el pueblo de Dios lo hace ocasionalmente. Por eso Dios hizo una
provisión especial para aquéllos que fallan: “y si alguno hubiere pecado,
abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).
El dolor que siente nuestro Señor, cuando cedemos ante la tentación no es
nada en comparación al dolor que siente cuando no sabemos cómo tratar con
ello. A Él le duele más el hecho de que no hemos confiado en Su poder para
librarnos. A Dios le duele más lo que no hacemos que lo que hacemos. El
cristiano vencedor es aquél cuya vida confiesa: “Dios tiene el reino, el
poder y la gloria por siempre. ¡Amén!”.
DAVID WILKERSON
equitativamente entre Dios y Satanás, es inestable en todos sus caminos. Esto
explica por qué “…en el tiempo de la prueba (algunos) se apartan” (Lucas
8:13). Vuelven a caer en el temor y quitan su mirada del asombroso poder de
Dios.
Jesús nos enseñó, diciendo: “Velad y orad, para que no entréis en
tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es
débil” (Mateo 26:41). El espíritu de Dios en ti anhela enseñarte a confiar
en Su poder, pero la carne busca rendirse al temor. Yo creo que fue el temor y
no el cansancio lo que hizo que los discípulos se quedaran dormidos mientras
Jesús oraba en el huerto. Ellos acababan de recibir las noticias de que Jesús
sería traicionado y entregado en manos de pecadores, Pedro se volvería un
traidor y ellos serían perseguido y dispersados. De pronto, olvidaron todos
Sus milagros, Su gran poder para sanar a los enfermos y levantar a los muertos,
Su poder para multiplicar los panes y los peces. Ellos tenían pavor de que el
Señor los abandone. Dormían el sueño de los condenados. Cuando Jesús nos
pide que oremos para no caer en tentación, en realidad, Él está diciendo:
“Oren para que aprendan a confiar en el poder de Dios ahora, ¡en lugar de
tener que regresar a la batalla de la tentación vez tras vez, hasta que hayan
aprendido la lección.
La Biblia dice que Dios “… sabe el Señor librar de tentación a los
piadosos” (2 Pedro 2:9). ¿Cómo? Poniéndonos en el fuego, hasta que
salgamos cantando: “…mayor es el que está en [mí], que el que está en el
mundo” (1 Jn 4:4). Hasta que aprendamos que ¡vencemos sólo por fe!
No tienes que ceder ente la tentación, ¡aunque a veces sucede! Aun el más
santo en el pueblo de Dios lo hace ocasionalmente. Por eso Dios hizo una
provisión especial para aquéllos que fallan: “y si alguno hubiere pecado,
abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).
El dolor que siente nuestro Señor, cuando cedemos ante la tentación no es
nada en comparación al dolor que siente cuando no sabemos cómo tratar con
ello. A Él le duele más el hecho de que no hemos confiado en Su poder para
librarnos. A Dios le duele más lo que no hacemos que lo que hacemos. El
cristiano vencedor es aquél cuya vida confiesa: “Dios tiene el reino, el
poder y la gloria por siempre. ¡Amén!”.
DAVID WILKERSON
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